Trabajo científico-estudiantil: historia y proyección. El caso de una facultad de la Universidad de Guayaquil

Scientific-student work: history and projection. The case of a faculty of the University of Guayaquil

 

M. Sc. Ailet Avila Portuondo. [1]

Dr. C. Samuel Sánchez Gálvez [2]

 

 

RECIBIDO JULIO 2018 – EVALUADO AGOSTO 2018 – PUBLICADO NOVIEMBRE 2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Resumen

Es objetivo del trabajo determinar los niveles de desarrollo de la actividad científico-estudiantil en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad de Guayaquil, entre los años 1945 y 2017. La formación investigativa del estudiante universitario es herramienta medular en el perfeccionamiento del proceso de su transformación y consolidación como profesional. Debe atenderse a las posibilidades ofrecidas por la propia investigación formativa para convertirla, tutoría y entrega de un producto científico mediantes, en una investigación científica, capaz de satisfacer necesidades sociales prácticas o demandas teóricas de la ciencia. Más allá de la búsqueda, localización y fichaje bibliográfico, durante la ejecución del trabajo -en el cual tomaron parte activa estudiantes en formación de la carrerea Informática y Sistemas Multimedia-, se tomó testimonio a egresados de diferentes carreras de la facultad de los últimos sesenta años. Fueron entrevistados docentes y autoridades, jubilados y en ejercicio. Con una concepción dialéctica del proceso investigativo cualitativo, se exploró la realidad, empleo mediante de, entre otros, métodos científicos como el heurístico, inductivo-deductivo, analítico-sintético, histórico-lógico. Como resultado se ofrece una periodización del trabajo científico-estudiantil en la facultad entre 1945 y 2017. Dicha periodización refleja una evolución desde la casi absoluta ausencia del trabajo científico-estudiantil, a tono con su desarrollo a nivel universal, hasta llegar a ocupar actualmente espacios, estimados todavía insuficientes, en el proceso de enseñanza-aprendizaje de las diferentes carreras.

Palabras clave educación superior, investigación científico-estudiantil, investigación formativa

Abstract

The objective of this paper is to determine the levels of development of students’ scientific activity in the Faculty of Philosophy, Letters and Sciences of Education of the University of Guayaquil, between the years 1945 and 2017. The research training of university students is a core tool in the improvement of their transformation and consolidation process as professionals. The possibilities provided by the very formative research should be considered in order to turn it, through the mentoring and delivery of a scientific product, in a scientific research, capable of satisfying practical social needs or theoretical demands from science. Beyond the search, location and bibliographic signing, during the development of the research -in which students from Informatics and Multimedia Systems took active part-, testimony was taken to graduates from different university courses of this Faculty, during the last sixty years. Teachers, authorities, and retired but in-practice teachers were interviewed. With a qualitative, dialectic approach of the research process, reality was explored, using, among others, scientific methods such as the heuristic, inductive-deductive, analytic-synthetic, and historical-logical. As a result, a periodization of the student ´s scientific work in the Faculty during said period is offered. This periodization shows an evolution from the almost absolute absence of student´s scientific work, in line with its development at a universal level, until currently still estimated insufficient spaces, in the teaching-learning process of the different university courses.

key words higher education, student´s scientific research, formative research

1. Introducción

Los primeros pasos de la investigación científica se remontan, como mínimo, al Antiguo Egipto. Lo cierto es que su historia atraviesa siglos de la mano de Aristóteles, Roger y Francis Bacon, Galilei, Descartes, Newton, Peirce, Marx, Engels, Popper, Kuhn…, en un largo entre otros. No obstante, el camino de la investigación científica, como uno de los procesos sustantivos de la labor escolar, y en concreto universitaria, no hace gala de tan larga data.

En consecuencia, obvio, el tema acerca de la significación de la investigación, como parte del desarrollo armónico integral e independencia cognoscitiva de los individuos, y en particular del estudiante, todavía conserva cierto aire de novedad en la literatura científica en general, acrecentado, hasta donde se logró localizar en la historiográfica. Sin embargo, aunque velada tras la problemática del “puro” aprendizaje, la temática tiene lejanos antecedentes.

De tal manera, J. A. Comenius (MM), en el siglo XVII, uno de los primeros partidarios del aprendizaje activo, reconoció la necesidad de propiciar en el niño el interés por los conocimientos y la perseverancia hacia el aprendizaje. Un siglo más tarde, Rousseau destacó la importancia del desarrollo de las capacidades mentales del infante y de la introducción del enfoque investigativo en la enseñanza (Roussaeu, 2017). Habría que esperar hasta el siglo XIX, para que se produjeran los iniciales movimientos por la introducción de la investigación en el proceso docente. De tal modo, a inicios del  siglo XX, en 1913, (Komarova & Prokofjeva) Consideró que el método investigativo contribuye a la formación de hábitos de la actividad mental y el desarrollo del pensamiento lógico.

De entonces a la fecha, un tortuoso proceso no solo dio a luz a lo que en la actualidad se conoce como actividad científica estudiantil sino que hizo de esta  una preocupación esencial, latente en la vanguardia de la docencia. Hoy día es una exigencia que el proceso de investigación científica estudiantil ocupe un lugar preponderante, tanto en el desempeño metodológico del colectivo pedagógico, como, por ende, en la formación curricular de los futuros egresados.

La clave fundamental de tal exigencia radica en la necesidad de las instituciones de educación superior de formar  profesionales competentes y comprometidos con el desarrollo social, ciudadanos bien informados, profundamente motivados, provistos de un sentido crítico, capaces de analizar los problemas, buscar soluciones, aplicar estas y asumir las responsabilidades sociales (Álvarez de Zaya & Sierra Lombardía, 1997), (Critto , 2006).

El mundo actual se identifica con acontecimientos como la revolución social y la revolución científico-técnica. No es de extrañar entonces que, el desarrollo de la investigación docente y de la actividad científico estudiantil, concebidas históricamente, se hayan convertido en un reto necesario de investigar de manera más profusa para la educación superior.

A tenor de todo lo anterior se trazó el objetivo del presente estudio. Este es, determinar los niveles de desarrollo de la actividad científico estudiantil en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad de Guayaquil, en el período que media entre los años 1945 y 2017.

 

DESARROLLO

Resulta imprescindible antes de referirse a la actividad científico estudiantil aproximarse a algunos de los autores que han trabajado y definido conceptualmente la temática, al menos en los últimos cuarenta años. Las diversas cosmovisiones de la actividad científico estudiantil han dado pie a numerosas formas de definirlas. Unas resultan de menor o mayor alcance -en dependencia del tiempo y el espacio en que fueron enunciadas-, otras pecan de una concepción más estrecha y no corresponder con las posibilidades de las instituciones de educación superior y las necesidades sociales. Lo cierto es que todas se complementan y resultan útiles para aquellos quienes, como los firmantes de este estudio, se inicien en los vericuetos de su estudio.

En la penúltima década del pasado siglo dos autores, consideraban esa actividad como una de las formas más efectivas para lograr la vinculación de los conocimientos del alumno universitario con la práctica. Además, estimaban, desarrolla en ellos la habilidad para el análisis y la valoración crítica de los resultados así como contribuye a la asimilación de los conocimientos (Quirós & Morales, 1982).

Ya dieciocho años más tarde, para otros dos investigadores “(…) la actividad científico estudiantil constituía una de las labores docentes de mayor importancia en la formación de profesionales de nivel superior.” Consideraban estos que para lograr una preparación adecuada del egresado, y con el objetivo de que fuera capaz de desarrollar una actividad investigativa acorde a su labor profesional, se requería de una atención multidisciplinaria tanto a la actividad científico estudiantil curricular como extracurricular. (Pompa & Lam, 2000). Años más tarde a ellos se sumarían otros, ampliando la concepción más allá de lo únicamente profesional. Al respecto planteaban: “La investigación estudiantil, se presenta como un proceso que integra la formación profesional y ciudadana” (Reyes & Palencia, 2010).

La definición de la actividad científica estudiantil se mantendría, con escasas variaciones, a partir de la primera década del presente siglo. Así, Ulloa, en 2011, quien reiteraba concepciones ya antes enunciadas acerca de la misma, la veía como capaz de “desarrollar habilidades investigativas en los estudiantes para que con creatividad, independencia cognoscitiva e iniciativa, logren entender los fenómenos de la investigación y solucionar científicamente los problemas en sus esferas de actuación” (Ulloa, 2011).

En igual sentido la juzgaba Balboa, quien la asumía como “Una manifestación del contenido de la enseñanza, que implica el dominio por el sujeto de las acciones práctica y valorativa, que permiten una regulación racional de la actividad con ayuda de conocimientos que el sujeto posee, para ir a la búsqueda del  problema y a su solución por la vía de la investigación científica” (Balboa, 2012). No es en balde,  Suayero Morales, mencionaba la actividad científico estudiantil como  “una herramienta imprescindible que, por su grado de generalización (planificación, ejecución, valoración y comunicación de los resultados), le permite al profesional en formación desplegar su potencial de desarrollo científico vinculado a las tareas generales (misión) de la profesión u oficio” (Suayero Morales, 2013).

Para Jorge Fernández y colaboradores, la actividad científica estudiantil, es un proceso activo y dinámico que incluye todas las actividades que se realizan durante el curso, con el objetivo de profundizar en la preparación científico-estudiantil de los estudiantes que exponen sus resultados en diferentes eventos científicos. (Jorge Fernández M, 2015)

Blanco Balbeíto y colaboradores, apoyados en planteamientos de Zayas, reconocen a la investigación científica como “la expresión más alta de la habilidad que debe dominar el estudiante en cualquiera de los tipos de procesos educativos”, idea con la que  coinciden plenamente los autores de este trabajo pues conlleva al impacto  determinante en la formación científico técnica de los estudiantes y por tanto un elemento vital para su  formación integral. Al investigar, es posible lograr la transformación de la realidad a la vez que se contribuye al desarrollo humano, a lo cual se añade el propio crecimiento del investigador. (Blanco Balbeíto N R. H., 2012) (Blanco Balbeíto N H. S., s.f.)

Por último, (Barbón & Bascó, 2016).estiman que para el estudiante, el trabajo científico se desarrolla desde dos aristas. “La primera es la  curricular, la cual consiste en la planificación de investigaciones científicas desde las asignaturas, pudiendo o no ser evaluativas y se manifiestan en proyectos de investigación, proyectos integradores de saberes, presentación de trabajos, participación en grupos de debate. La segunda, la extracurricular se desarrolla en la carrera pero no es parte de una asignatura ni se contempla en la malla curricular, requiere de dedicación extracurricular, se manifiesta en participación en grupos de investigación científica, presentación de resultados en eventos científicos de alcance nacional o internacional, redacción y publicación de artículos científico” (Barbón & Bascó, 2016).

Como se observa, durante los últimos veinte años se fue conformando a nivel universal, y en específico iberoamericano, la conceptualización de la actividad científica estudiantil, hoy comúnmente aceptada. Los autores asumen la última de las mencionadas, la debida a Barbón y Bascó.

Una periodización obligada

El examen de la actividad científica estudiantil entre los años 1945 y 2017, obliga a periodizar dicha labor. Lo origina no solo la extensión temporal a examinar, sino la determinación del diferente carácter que asume la actividad en ese tiempo. Consideramos que los años que median entre 1945 y 1991, delimitan un primer período de la actividad científico estudiantil en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad de Guayaquil.

Lo llamamos: Período precursor. Lo caracteriza la ejecución de los pasos iniciales, tibios aún, en la tarea científica investigativa. No debe soslayarse un elemento fundamental: tal realidad no era exclusiva del país. Constituyó una regularidad, en la cual Ecuador contó con la compañía del grueso de las naciones latinoamericanas. Debía evolucionar la propia concepción de la actividad para que esta adquiriese los alcances de hoy día.

A partir de 1991, y hasta 2017, los autores identifican un segundo período, diferente al anterior en esencia y formas, este ya caracterizado por un incipiente desarrollo de esa actividad que va en un permanente de menos a más. Por ello, y por la escasa localización de fuentes acerca del período anterior, es que a este segundo, al cual llamamos Período de Desarrollo Incipiente, se le dedica el mayor por ciento de atención en el presente estudio.

Los autores sostienen que el primero de los períodos ya mencionados pudiera contar con varias etapas, imposibles hoy de delimitar por ausencia de fuentes de información suficientes. De igual modo, identifican en este segundo dos etapas. Una va de 1991 a 2006, la otra le da continuidad hasta el pasado año. Sin embargo, en la actualidad también nos resulta imposible analizar ambas como se debiera pues, más allá del carácter exploratorio del presente trabajo, no se logró tampoco -y aquí se reitera el problema del primero de los períodos-, localizar suficientes fuentes primarias y secundarias que permitiesen ahondar como es preciso en cada una.  

Más allá de definiciones conceptuales y de periodizaciones de la actividad científica estudiantil, de su carácter sintético o no, lo cierto es que entre 1945 y 2017, las universidades ecuatorianas, llenas de limitaciones, no dejaron de esforzase por perfeccionar una incipiente actividad científica estudiantil. Ello redundó en la formación como investigadores de una vanguardia destacada de sus estudiantes y se sembraron las bases de una, todavía insuficiente, labor en tal sentido. La Universidad de Guayaquil, y en específico su hoy Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, no se halló al margen de ese proceso.

La Universidad de Guayaquil

La Universidad de Guayaquil, se fundó el 1º de diciembre de 1867. Sus antecedentes se remontan a 1842. El 1° de diciembre de 1867, en el salón de exámenes del Colegio Nacional San Vicente, ya entonces una institución descollante entre todas las existentes en la ciudad, caracterizada por su carácter laico, tendría lugar la instalación de la Junta Universitaria del Guayas.

A mediados de 1868, comenzó a funcionar la primera facultad universitaria: Jurisprudencia. Solo en 1877, se inauguró la segunda de sus facultades: Medicina. El 15 de Septiembre de 1883, Carbo y Noboa, a tenor de que la “Junta Universitaria creada por la Ley del 18 de Octubre de 1867, y que en un decreto supremo y dos leyes posteriores mandaron a continuar, es insuficiente para llenar todos los objetos de un establecimiento de enseñanza superior”, firmó el decreto constitutivo de la Universidad de Guayaquil como institución independiente del Colegio San Vicente. El domingo 17 de octubre de 1897 en la Gobernación del Guayas, se inauguró oficialmente la Universidad de Guayaquil. En sesión del día 9 de agosto de 1944, se reunió el Consejo Universitario de la Universidad de Guayaquil y se aprobó según decreto nº409, que el Instituto de Superior de Pedagogía y Letras se incorporase a la universidad con el carácter de facultad universitaria: nacía la Facultad de Filosofía.[3]

Desde su nacimiento a la fecha la Universidad de Guayaquil se ha convertido en una de las fundamentales del Ecuador. Hoy día cuenta con un alumnado superior a los 60 000 alumnos y con un cuerpo docente de más de 3000 profesores. Es imposible referirse a la historia nacional sin mencionar a la institución o a sus profesores y egresados.

La Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación y la actividad científico estudiantil

La actual Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, como antes se apuntó, tuvo su origen en la conocida como Institución Superior de Pedagogía y Letras. Quedó establecida mediante decreto ejecutivo del 12 de abril de 1940. Sus cursos se iniciaron el 15 de junio del mismo año en las aulas del Colegio Nacional Vicente Rocafuerte. En 1944, por decreto número 409, del 14 de julio, fue anexado dicho instituto a la Universidad de Guayaquil. Nació la Facultad de Filosofía, Pedagogía y Letras, por resolución del consejo universitario en sesión del 9 de agosto de ese año. Clausurada en 1951, se reabrió en 1952 con el nombre de Facultad de Humanidades y Ciencias de Educación, nombre que conservó hasta 1956, cuando se le cambió la denominación por la de Facultad de Filosofía y Letras. Hoy, tal y como se ha nombrado a lo largo del texto en reiteradas ocasiones, se le reconoce como Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación.

La actividad científico estudiantil en el Período Precursor

En 1940, año en que fundó la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, para ser estudiante de cualquiera de las instituciones de educación superior del Ecuador era necesario reunir ciertas condiciones, establecidas expresamente en la Ley de Educación Superior y cumplir las exigencias fijadas en los Estatutos y Reglamentos de las Universidades y Facultades.[4]

Los estudiantes de la Universidad de Guayaquil se agrupaban en asociaciones con diferentes fines -sociales, intelectuales, científicos, artísticos, deportivos,..-. Aun hoy lo hacen. En esa cuarta década del siglo XX, los estudiantes solían realizar, periódicamente, conferencias, mesas redondas y congresos con sus compañeros de las Facultades o Escuelas similares de las otras universidades del país. El fin era discutir formas de superación técnica, científica e intelectual; demostrar la necesidad de unificar los planes de estudios; intercambiar experiencias de lucha por la defensa profesional y obtener especiales garantías de los poderes públicos a fin de que sus conocimientos fueran debidamente apreciados y utilizados en beneficio de la colectividad. Se manifestaban así formas primarias de actividad científico estudiantil de esos estudiantes.

Para 1945, la institución creó varios premios. Uno de ellos, era otorgado al autor de la mejor tesis, previa a los grados de doctores e ingenieros de las diversas facultades. Llama la atención de los autores de este trabajo que el mismo, uno de los pocos que entonces otorgaba la universidad estuviese dirigido a aquellas obras que “a juicio de los Consejos Directivos” lo merecieran por dos razones, la primera, por la importancia del tema, la segunda por el “intenso trabajo de investigación” que revelase o aportase “nuevas concepciones científicas” -el subrayado es nuestro-. El premio,[5] reglamentado por el Consejo Universitario, en fecha del 28 de noviembre de 1945, consistía, entre otros beneficios, en publicar la tesis como libro “por cuenta de la Universidad.” (Dra. Ayon De Messner, 1965).

A inicios de la década de los cuarenta, quienes entonces serían el decano y sub decano de la facultad, profesores Francisco Huerta Rendón y Carlos Zeballos Menéndez, darían inicio a una actividad que trascendería en el tiempo y llegaría a los primeros años del actual siglo. Nos referimos a labor arqueológica desarrollada por ambos, actividad en la cual visionariamente implicaron a su alumnado, crearon cátedra y formaron discípulos que darían continuidad a su labor. Ambos profesores incorporaron a sus estudiantes a labores arqueológicas de campo, de tal manera que estos no solo recibían la teoría de la asignatura homónima sino la practicaban científicamente y, más aún, escribían sus resultados.

La actividad alcanzó tales cotas que en 1958, Huerta Rendón donó a la facultad una determinada cantidad de piezas arqueológicas, con las cuales fundó un museo de arqueología. Renombrado con justicia en 1962 “Museo de Arqueología Francisco Huerta Rendón”, en él laboraron, durante años, sus alumnos y discípulos en tareas de restauración y conservación de las piezas, ordenamiento de la colección -lo que hoy llamaríamos confección del guion de la colección-, y atención en sala a los visitantes al museo. Con ello realizaban una labor en la cual se mezclaban la academia, la investigación y la vinculación universitarias.

Lamentablemente, hoy día ese museo no existe. Sus piezas almacenadas esperan por una voluntad de reinauguración, hasta ahora no manifiesta en acciones. Al margen de ello, se elabora un proyecto para la creación en la facultad de un “Museo de las Ciencias”, en el cual la arqueología ha de ocupar lugar protagónico. Entre esos alumnos que realizaron actividad científica estudiantil, y a fuerza de pecar de olvidos, se hallan Gorki Hideyo Elizalde Medranda, Juana González de Merino, Felipe Cruz Mancilla, Rubén Holguín Arias, José Amable Salazar Sánchez y Jorge Marcos Pino -uno de los, fundadores del Centro de Estudios Arqueológicos y Antropológicos, adscrito a la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), la cual dio origen en esa institución superior a la carrera de Arqueología-, entre muchos otros.[6]

A juicio de los autores, la labor de Francisco Huerta Rendón y Carlos Zeballos Menéndez, es de tal importancia que así como resulta imposible hablar de arqueología en la región Costa, sin reconocer su labor fundacional en ella, también es inadmisible referirse a la actividad científica estudiantil en la facultad sin apuntar su faena, también inaugural. Ambos fueron los pioneros de la labor científica estudiantil, en momentos en los cuales esta, como ya apuntamos era todavía muy incipiente.

En 1959, se graduó en la facultad Digna Ayón de Messener, luego profesora de larga carrera en la propia institución. Su tesis de grado fue premiada y, socializada tras convertirla en libro. El texto, marcadamente positivista, de título Trayectoria histórica de la Universidad de Guayaquil, está dirigido a develar la historia de la institución, no ha sido superado a la fecha por ningún otro con similar propósito. Constituye a la fecha obligada fuente de consulta para quien desee adentrarse en los vericuetos del origen y quehacer histórico de la institución. (Dra. Ayon De Messner, 1965)

No sería el texto de Ayón de Messner, el único de los publicados debido a la autoría del alumnado de la facultad. La socialización de los resultados investigativos tuvo lugar intermitentemente siempre que fue posible. Varios testimonios aseguran que el formato de libro o folleto se impondría a partir de la década de los 80 del pasado siglo. En este período lugar fundamental ocuparía la Revista de la Universidad de Guayaquil. [7]

Entre los artículos publicados en la Revista… destacan los debidos a tesis estudiantiles. Desde 1930, año de fundación de ese órgano, a la fecha, este ha acogido en sus páginas a mucho de lo mejor de cuanto ha resultado de la investigación de sus docentes y estudiantes. En consecuencia, cualquier aproximación más profunda a la socialización de la actividad científico estudiantil en la facultad, ha de pasar por el obligado examen y análisis biblioteco-bibliográfico de la Revista….

Como es posible apreciar, las bases de una futura actividad científica estudiantil existieron desde la propia fundación de la facultad. No se debieron a entes ajenos a ella. Más allá de las autoridades, sus propios docentes fueron capaces de adentrarse en sus vericuetos, conscientes de la necesidad de una mejor y más completa formación del universitario ecuatoriano, de lo imprescindible de servir a la sociedad que los determinaba y a la cual se debían. He ahí su mérito.

De cuanto hemos localizado, consideramos como el más alto ejemplo de actividad científica estudiantil en el período, en la facultad, a la tríada compuesta por Francisco Huerta Rendón y Carlos Zeballos Menéndez, como fundadores y por largos años hacedores, y de Digna Ayón de Messner, como alumna pionera en la publicación de una obra científica de alcance hasta hoy día

La actividad científico estudiantil en el Período de Desarrollo Incipiente (1991-2017)

La importancia del segundo de los períodos objeto de atención, obliga a dedicarle una mínima descripción del contexto socio-económico y político de los años que lo comprenden.

Las décadas de 1970 y 1980, universalmente se caracterizaron por las continuas recesiones económicas. Estas, originadas en su gran mayoría en los Estados Unidos, afectaron a Europa y, con especial fuerza, a América Latina. Esos veinte años se definieron también por un crecimiento sostenido de la producción en algunos países del sureste asiático. Tres crisis marcaron esas décadas: la del dólar, la de los precios del petróleo y la de la deuda externa. Las dos primeras provocaron una espiral inflacionaria en las economías desarrolladas. La última dejó a las naciones latinoamericanas en posición muy endeble para enfrentar los retos impuestos por la economía mundial de finales del siglo XX.

El giro neoliberal en América se produjo a finales de los años 70, y en Europa a comienzo de los años 80. Esas mismas políticas neoliberales produjeron efectos más contrastados en el seno de los países del sur. Para inicios de los noventa, el hundimiento de las economías estatales de los Estados de Europa Central y Oriental y la adopción por estos de la economía de mercado, -a marchas forzadas y a golpes de terapias de choque preconizadas por los Chicago Boys-, incrementaron las desigualdades, tanto las sociales como las de desarrollo entre regiones o países integrados en una posición subalterna y marginada de la dinámica de los sectores capitalistas dominantes en E.U.A. y la Unión Europea. El deterioro económico afectó el desempeño de indicadores sociales básicos.

La política en América Latina, y el comportamiento de esta hacia a la educación, en esos treinta años, se caracterizan por ahondar la ya enorme diferencia social y regional. Como herencia de siglos, acrecentada en esas décadas, aún hoy se precisa aumentar el acceso a la educación, en todos los niveles, y crear programas para mejorar la calidad de la misma.

Acerca de la situación social y económica en el Ecuador, en el periodo de estudio 1971-1991, ilustra un artículo: “Ecuador: Dictaduras del 70 moldearon la economía petrolera”. (Ramos Hernández, 1988). El país se destacó en América Latina por una relativa estabilidad de precios durante años. La situación cambió en 1986, cuando los precios crecieron en un 45%. No obstante la recurrente ejecución de  programas para reducir la inflación anual, esta, en su mejor momento, solo se redujo un 22%. (Ramos Hernández, 1988) Vale señalarlo, a la década que medió entre 1980 y 1990 los investigadores la califican como “década de crisis, ajustes y cambio de régimen de desarrollo”. (Oleas Montalvo, 2017)

A partir de 1991, Ecuador vivió uno de sus períodos más difíciles. Las políticas neoliberales llevadas adelante por varios gobiernos sumieron al país en una constante crisis, reflejada con mayor fuerza en las clases menos pudientes y pobres pero no limitada a ellas, y extremada en los servicios sociales: educación y salud. Baste mencionar solo al llamado Feriado bancario, con todo lo que el significó en pérdidas económicas, agotamiento de un modelo, casi desaparición de la clase media, éxodo de familias del campo a la ciudad, emigración al extranjero, dolarización del país, disturbios sociales y salida a la fuerza de presidentes, pérdida de confianza en los partidos políticos tradicionales, enriquecimiento de la gran burguesía, entronización en el territorio de bases militares de Estados Unidos, en un largo etcétera de calamidades económicas y sociopolíticas que dieron paso a un gobierno con pretensiones de cambios estructurales en la economía y la sociedad, y metas de institucionalización, modernización y adecentamiento del país. 

Con respecto al ámbito que nos ocupa, la educación y, muy en concreto, la actividad científico estudiantil, en uno de sus artículos, de título “La investigación científica en las universidades ecuatorianas”, Enrique Ayala Mora demuestra la existencia de esfuerzos institucionales de mayor alcance entre 1983-1984. (Mora, 2015) En esos años, tras la promulgación de una nueva ley educacional, se creó el Consejo Nacional de Universidades y Escuelas Politécnicas del Ecuador (CONUEP) y se dotó de fondos a todas las instituciones de educación superior del país. Se estableció incluso: el 1% del presupuesto nacional debía dedicarse a la investigación universitaria, en medida considerable base de cualquier actividad científica estudiantil. Las asignaciones otorgadas jamás se correspondieron con tal porcentaje. De hecho, solo unos pocos años se trasfirió la misma. Comoquiera, se comenzó a promocionar la investigación universitaria, en especial a través de la presentación de proyectos. (Mora, 2015)

Ayala Mora considera que, mientras por un lado la investigación era incentivada, por otro, se burocratizaba a sectores de la universidad ecuatoriana. Prevaleció la precariedad financiera. Nunca fluyeron con regularidad los presupuestos, los proyectos de investigación jamás llegaron a ser realmente evaluados. Pese a ello, varios de ellos vieron la luz. Cuenca fue uno de los sitios donde mejor se utilizaron esos recursos. En contraste, algunas universidades malgastaron los fondos recibidos. (Mora, 2015)

Los datos encontrados en la citada publicación de Enrique Ayala Mora permiten analizar cómo, previo a la década de los años 90, la mayoría de las publicaciones científicas se debieron al mecenazgo de unos pocos. Gran parte de esas publicaciones agrupaban colecciones de discursos o ensayos. (Mora, 2015) El artículo de Ayala Mora genera interrogantes ¿se desarrollaba en la década de los 90 la actividad científica estudiantil en la Universidad de Guayaquil? De así ser, ¿cómo lo hacía? A la primera de las preguntas la respuesta es sí. Y, como antes se vio, se desarrollaba desde mucho antes: las tesis de grado constituían desde el mismo 1940, expresión de dicha actividad. Cierto, era esa forma fundamental, y las más de las veces única.

Otra actividad científico estudiantil a destacar se desarrolló en 1990. Entonces la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Guayaquil, en medio del  programa de festejos por cumplir el Vigésimo Primer Aniversario de su fundación, inauguró una Exposición de Ciencias Biológicas y Ciencias Geológicas. Durante el evento, coordinado por el geólogo William Chávez y organizado por la Escuela de Geología, se exhibieron muestras de Mineralogía, Petrografía, Paleontología, Fotointerpretación y Geología en general. (Figura Nº 1)  (Universidad de Guayaquil, 1990, pág. 15)

Figura Nº 1 Exposición de trabajos estudiantiles de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Guayaquil en el Vigésimo Primer Aniversario de su fundación. Fuente: Periódico El Universitario.

Como parte de la internacionalización de la universidad, en lo cual la Facultad de Filosofía…ocupó un destacado lugar, la institución firmó con el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de la Habana un Convenio de Intercambio Científico y Tecnológico. Este comprendía también a las Facultades de Ciencias Agrarias y Medicina Veterinaria y Zootecnia.[8] (Universidad de Guayaquil, 1990) Lo interesante del caso radica en la visión de la institución: tanteaba el camino hacia la investigación conjunta con universidades extranjeras. No quedó ahí. En agosto de 1990, la universidad convocó a una reunion en la cual se sostuvo una discusión acerca de cómo llevar adelante las Politicas de Investigacion y los beneficios que estas le bridaban al país.

El Vicerrectorado Académico y la Oficina de Coordinación de Proyectos de Investigación de la Universidad de Guayaquil sostuvieron una reunión de trabajo con los subdecanos de sus diversas facultades.[9] Su objeto fue analizar el documento sobre “Políticas de Investigación”, así como analizar los pasos necesarios a dar para hacer más significativo el aporte institucional al país, en la solución de sus graves problemas. (Universidad de Guayaquil, 1990) A inicios de los noventa, una nueva reforma educativa comenzó a implementarse en América Latina. La acompañó una gran inversión. La nueva etapa se originó en 1991. Se caracterizó por desarrollar políticas orientadas a la transformación profunda del modelo educativo dentro de los diferentes aspectos y niveles del sistema educativo.

En las entrevistas realizadas a varios de quienes ocuparon responsabilidades académico-administrativas y docentes en la facultad[10]  acerca de cómo funcionó la actividad científico estudiantil en el periodo de 1992 y 2006, junto con la participación en eventos científicos, se determinó que ambas actividades  no se hallaron entre las actividades priorizadas en la misma.  El contexto político en que transcurría la vida en el país, y por ende en la universidad, no priorizaba ni promovía que el estudiante desarrollara destrezas en el ámbito científico-investigativo. A criterio de estos, la labor no fue lo participativa que debía ni se buscó motivar al estudiante para que participara en ellas. No obstante, un grupo de profesores iban más allá que otros en cuanto a qué encomendarles a sus alumnos, en específico a la hora de tutorar las tesis de licenciatura y demás.

Los entrevistados coinciden acerca de que la actividad científica estudiantil, en lo fundamental, se mantenía en el ejercicio final del alumno: la elaboración de su tesis de licenciatura. Al respecto, uno de quienes testimonió para el trabajo afirmó que “la actividad científica estaba basada en investigar en las bibliotecas, en libros relacionados con la pensum académico. Para los de historia y geografía era obligación leer y resumir  los textos de  la colección Ariel, Historia del Ecuador del padre Juan de  Velasco,  la obra de Federico González Suárez. Recuerdo Argonautas de la selva, Cien años de soledad. Entre los docentes recuerdo a Jorge Víllacrés  Moscoso, José  Hídrovo,  entre otros, quienes tenían libros que obligatoriamente debíamos estudiar, y analizar. Los docentes obligaban a comprar libros o pedir en las bibliotecas textos sobre Arqueología, Antropología, Cartografía, Geografía, Física, Economía Zonal….[11]

Y continuaba “La historia se veía por etapas. Cada año se realizaban viajes con diferentes profesores. Los autofinanciábamos los estudiantes. Los profesores de Pedagogía exigían la lectura de libros de destacados pedagogos…. La investigación de licenciatura, en mi caso de Historia y Geografía, trató sobre el turismo escolar,… para su elaboración debí investigar en todo el país. Todavía estudiante, viajé por toda la región interandina y la costa investigando. Sucedió igual con la segunda licenciatura, Administración y supervisión educativa. Entonces la temática fue el periódico como recurso escolar. Eso me obligó a laborar durante mucho tiempo en bibliotecas. Para el doctorado investigué sobre la posible agonía económica de los pueblos por donde cruza el ferrocarril ecuatoriano. La propuesta consistía en  rehabilitación del mismo. Eso me obligó, otra vez a viajar e investigar in situ.”[12]

Por último reconocía, “tuvimos buenos y malos maestros. Unos se preocupaban porque investigásemos, otros no.” Al referirse a cuanto heredó de esa formación apuntaba “como docente, aplico lo bueno de esa época y acepto los cambios, trabajo con dinámicas talleres investigaciones, exposiciones, permito utilizar las tecnologías,….”[13]

En esos años noventa, los estudiantes de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, publicaron diversos artículos en revistas científicas.  A modo de ejemplo vale mencionar a Celso Tovar, alumno que publicara un grupo de ellos. (López, 1999).[14]

Muy pocos docentes incursionaban en la investigación, lo cual  poco contribuía a que se desarrollase la actividad científica estudiantil y se participase en eventos. No obstante, la facultad realizó varias publicaciones y mantuvo durante cierto tiempo una revista científica a partir de 1992, cuando se instaló en sus predios la “Imprenta de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación”.

En ella se publicaban, además de libros de texto de los profesores, los trabajos científicos realizados, en el transcurso del año. Veían la luz entre tres y cuatro números al año. En resumen, la labor investigativa de los estudiantes no fue lo representativa a que se aspiró en esos años. Tampoco formaba parte de los componentes de la formación del estudiante. Su desarrollo fue relativo. (Basante, 2018)[15] 

No obstante lo anterior, varios profesores realizaron una encomiable labor tendente a promover la actividad científicas estudiantil. Los testimonios destacan el trabajo científico llevado a cabo de conjunto con sus estudiantes por el profesor de Geografía, José Hidrovo Peñaherrera. Éste, junto a un grupo de alumnos descubrió la existencia de una nueva cordillera en la provincia de Manabí.[16]

Por último, destaca el hecho de que en la malla curricular de la Universidad de Guayaquil, y por ende de la facultad, no se promovían asignaturas claves para la labor investigativa, como debía ser. No se cumplía entonces con el precepto de que “La lógica de la concepción de las asignaturas, se asume desde la consideración de la relación dialéctica entre los procedimientos metodológicos para el desarrollo de la investigación científica educacional y los contenidos de la especialidad necesarios para su desarrollo” (Milanés, Rodríguez, & Ávila, 2016).

Como se apuntó antes, a partir de 2006 y hasta 2017, Ecuador vivió serias transformaciones políticas, económicas y sociales. Un gobierno autoproclamado socialista del siglo XXI, echó a andar una serie de medidas que abarcaron todas las esferas de la vida socioeconómica del país. La educación fue uno de los espacios que mayor atención focalizó y dentro de ella la educación superior.

En tal sentido, se proclamaron nuevas leyes, se dotó de recursos, como nunca antes se dio en la realidad ecuatoriana, a las instituciones de educación superior; se cerraron no pocas universidades que no satisfacían el carácter que como tales debían tener; se inició y concluyó un proceso de acreditación de cada una, en una escala que las clasificaba entre “A” y “E”. A aquellas por debajo de la clasificación “C” se les otorgaron plazos para subir de categoría o cerrar. Una exigencia ganó espacio: la investigación científica y la obtención de grados científicos de másteres y doctores a los docentes. En consonancia con ello, las direcciones  académicas impulsaron la actividad científica investigativa en los estudiantes.

Presidía, y preside, el concepto de trabajo, la idea de que la “universidad del siglo XXI considera la investigación como factor fundamental de desarrollo humano orientado a los contextos de desempeño profesional, en función de las identidades y necesidades de conservación o transformación del contexto, que permita a los estudiante, la búsqueda sistemática y permanente del conocimiento como agentes activos de su propia formación. (UNESCO, 2008) [17] Se dejaba ver lo imprescindible de “una universidad con una dimensión investigativa del talento humano en cuanto a tareas de investigación, producción científica, responsabilidad social y compromiso ético de sus actores con el medio, donde desarrollan su desempeño profesional. Todo esto es posible solo si se compromete la práctica educativa, centrada en competencias y orientada hacia el estudiante.” (Tunnermann, 2003)[18]

Sin embargo, no todo en las esferas investigativa docente y de la actividad científica estudiantil marchó cual miel sobre hojuelas. En un informe al  Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior (CONAE, Informe resumen Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior, 2013) en respuesta al Mandato 14 de la Asamblea Constituyente, se evidenció “la tendencia netamente comercial de un segmento importante de la educación universitaria. (…). Salvo excepciones, el informe mostró el pobre desempeño de la universidad ecuatoriana en la satisfacción de las demandas y expectativas de la sociedad.” (pág. 6). El informe destacaba diversos problemas, entre ellos la escisión entre la docencia y la investigación, tanto la investigación que sostiene los procesos de transmisión de conocimiento como la de producción del mismo. Ello revelaba una todavía evidente separación entre dos procesos sustantivos de la educación superior, el académico e investigativo, como esencia en la integración al desarrollo profesional del egresado. (Villavicencio, Informe Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior, 2013)

Para apuntalar su criterio Villavicencio planteaba: “Un punto débil sigue siendo la investigación, pues al momento hay 24 proyectos en ejecución y 42 en trámite a instancia nacional. Estadígrafo que revela el incipiente desarrollo de la investigación científica universitaria en el país, la cual se reduce solamente a un insignificante número de proyectos en consonancia con la cantidad total de universidades a instancia Nacional. En expresión singular de la realidad nacional en el periodo evaluado la Universidad de Guayaquil no presenta investigaciones asociadas a proyectos.” (El subrayado es nuestro) (Villavicencio, Informe Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior, 2013)

En correspondencia con tales demandas, a partir del año 2013, las investigaciones comenzaron a desarrollarse también desde el proceso de formación. Comenzó a verse como prioridad el aprendizaje de “aprender a aprender y a emprender”, el espíritu de investigación mediante la indagación y empleo  de herramientas para la búsqueda sistémica, holística y permanente del conocimiento, en aras del desarrollo de una formación integral, general profesional. Todo ello se expresaba en los objetivos, lineamientos, políticas y acciones del Plan Nacional del Buen Vivir.[19] (Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo, s.f.)

En 2013, la dirección de Investigaciones, hoy vicerrectorado de Investigación, de la Universidad de Guayaquil le dio continuidad a modalidades como los Proyectos de Investigación, bajo el concepto de Fondo Competitivo de Investigación. En esos proyectos se agrupa un equipo de profesores, lo cual admite a su vez a estudiantes, bajo una línea de trabajo e investigación común.

Una variante de investigación formativa incluyó a los estudiantes -aunque contradictoriamente dirigida por el vicerrectorado de Investigación y no por el Académico, como a juicio de los autores corresponde-. En el año 2013, surgieron los Proyectos Semilleros de Investigación. Su finalidad: desarrollar competencias investigativas en el proceso de formación profesional de los estudiantes, en comunidades de aprendizaje y científicas en las que intervienen docentes y estudiantes. La Universidad de Guayaquil, y obvio, la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de inmediato hicieron suya tal modalidad.

A tenor de tal tendencia, los profesores de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, comenzaron a realizar investigaciones dirigidas a las más variadas temáticas, entre ellas a mejorar el diseño curricular y presentar sistemas de acciones encaminados a lograr la adecuada preparación del estudiante en función de la investigación. Comenzó a profundizarse en la manera de incorporar la Metodología de la Investigación como asignatura del currículo desde el primer año en no pocas carreras.

De tal manera, por ejemplo, a la hora de rediseñar las carreras, de 17 que sufrieron ese proceso, en ocho de ellas, por su pertinencia social, se desarrolló una reestructuración académica en correspondencia con los requerimientos de la educación superior del siglo XXI. Así, una de las transformaciones esenciales asumidas, en aras de lograr una formación profesional de excelencia, fue ubicar  a la asignatura Metodología de la Investigación como eje articulador del proceso docente-educativo.

En consonancia con ello, la actividad científica estudiantil dentro del Plan de Estudios adquirió, adquiere, dos formas fundamentales. Primera, la presentación de Proyectos de Integración de Saberes. Es esta una actividad científica, desarrollada con el empleo de métodos de investigación como método de enseñanza. En el enfoque investigativo realizado por los estudiantes, estos integran las asignaturas del semestre, incorporan contenidos propios del proceso investigativo a las diversas disciplinas, desarrollan habilidades científico investigativas, las cuales socializan a través de las llamadas Casas Abiertas. Segunda, el trabajo de tesis. Este permite evaluar la preparación obtenida durante la formación. La evaluación final de culminación de estudio es la exposición de la tesis, la cual se socializa al colocarla en la biblioteca virtual de la facultad. Mientras, la  participación en proyectos Semilleros o Proyectos de investigación y desarrollo es opcional, dependerá de la motivación realizada por los docentes para involucrarles en esas actividades.

Otra forma de estímulo a la investigación, asumida luego de 2013, lo es el Concurso de Reconocimiento a la Investigación Universitaria Estudiantil. A este lo constituyen los Galardones Nacionales. Dirigido por la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación, de conjunto con la Subsecretaría de Investigación Científica, el Concurso tiene como objetivo principal promover la creatividad científica y tecnológica en los estudiantes que están cursando o hayan culminado el último año de carrera o programa de estudios de las universidades, tanto públicas como privadas del país, siempre que aún no posean título universitario.

A partir de todo lo anterior, los autores consideran como parámetros a medir para el análisis de la actividad científica estudiantil, aunque no únicos, las cifras de estudiantes participantes en Semilleros, en Proyectos de Investigación de Fondo Competitivo de Investigación (Proyectos FCI) y

En el 2014, la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación ya tenían aprobados dos Proyectos FCI. El hecho de que en ellos solo se incluyeran nueve estudiantes, denota la insuficiente actividad científico estudiantil investigativa que padecía. Además, existían falencias en relación con la concepción que sobre la investigación se manejaba por parte de los docentes y autoridades encargadas de llevar ese proceso de manera integrada a la dimensión académica, de praxis pre profesional y de vinculación con la sociedad.

Para el año 2015, la situación mostró una mejoría, insatisfactoria pero indudable. Contó la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación con ocho Semilleros, de la autoría de 38 estudiantes. Por otra parte, al participar en el Concurso de Reconocimiento a la Investigación Universitaria Estudiantil dos trabajos debidos a alumnos de la facultad obtuvieron dos Galardones.

La cifra aumentó en 2016, 49 fueron los Semilleros en que se laboró pero ninguno de los ocho trabajos presentados al Concurso de Reconocimiento a la Investigación Universitaria Estudiantil obtuvo Galardones. En ese año siete estudiantes trabajaron como parte de cinco Proyectos FCI.

Muestra cuánto precisa trabajarse en la actividad científico estudiantil, y al propio tiempo lo endeble de los éxitos alcanzados en ella, el hecho de que en 2017, solo laborase un Semillero, con tres estudiantes, no se obtuviese ningún Galardón y también disminuyese la cifra de Proyectos FCI en los cuales participaran estudiantes, cuatro; aunque aumentase la cifra de estos a diez.

La situación antes descrita demuestra la necesidad de una obligada revisión de la todavía insuficiente integración de la actividad científica investigativa a los procesos formativos universitarios. Ello habla de cuánto precisa la facultad por hacer para responder a las demandas del currículo, a la larga demandas de la sociedad ecuatoriana. Definitivamente, la actividad científica estudiantil precisa de un análisis sobre cómo conducirla por mejores y más anchos cauces.

 

4. Conclusiones

Vale enumerar algunos aspectos a manera de conclusión. Ellos son:

1-    La actividad científico estudiantil en la Universidad de Guayaquil, y concretamente en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, entre 1945 y 2017, se enmarca en dos períodos claramente diferenciados, un  primero, al cual hemos denominado Período Precursor, y otro al que nombramos Período de Desarrollo Incipiente. En el primero, se aprecian los inicios de la actividad, bajo las formas universales de los años en que transcurre. En el segundo, son palpables los intentos de echar a andar, de desarrollar la actividad pero sin la obtención de los resultados esperados y necesarios. 

2-    Más allá de los logros antes descritos, y a consecuencia de las dificultades antes examinadas, se hace evidente que la facultad precisa analizar cuanto se ha hecho y se hace al respecto, para determinar fallas y logros y a partir de ello darle un impulso forzoso a esa actividad, so pena de no estar a la altura de las circunstancias de la época en la cual se hallan inmersos la universidad, sus docentes, estudiantes y sociedad en general.

Referencias bibliográficas

 

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Villavicencio. (2013). Informe Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior.

 

 



[1] Docente Universidad de Guayaquil ailet.avilap@ug.edu.ec

[2] Docente Universidad de Guayaquil samuel.sanchezg@ug.edu.ec

[3] Todos los datos han sido tomados textualmente de los artículos “En el CL aniversario de la Universidad de Guayaquil, su historia: una asignatura pendiente” y “Un hito científico: la fundación de la Universidad de Guayaquil”, con autoría principal de Samuel Sánchez Gálvez. Ambos artículos, como este, forman parte del libro, también inédito, de título provisional La huella continuada. Registros para la historia de la Universidad de Guayaquil, coordinado por Sánchez Gálvez.

 

[4] Los requisitos comunes para todas las Instituciones Superiores, se encontraban contenidos en el Art. 65. Eran: “tener por lo menos 18 años de edad; presentar los certificados de estudios, título de Bachiller y los demás que exigieren los Estatutos y Reglamentos; haber cumplido las obligaciones militares; satisfacer las pruebas de capacidad exigidas en los Estatutos y Reglamentos; pagar los derechos fijados en los Reglamentos.”

[5] El premio consistía en una medalla que llevaba grabado en alto relieve el escudo de la Universidad y el nombre, apellido y título del autor.

[6] Todos los datos referidos a la labor arqueológica en la Facultad han sido tomados de un artículo, inédito, titulado “La enseñanza de la Arqueología en la Universidad de Guayaquil”, debido a la autoría principal de Samuel Sánchez Gálvez. Dicho artículo, como este, forma parte del libro, también inédito, de título provisional La huella continuada. Registros para la historia de la Universidad de Guayaquil, coordinado por Sánchez Gálvez.

[7] Se constata la afirmación en el artículo “Memoria a la mano: la Revista de la Universidad de Guayaquil (1930-2015)”, de la autoría principal de Samuel Sánchez Gálvez. Dicho artículo, como este, forma parte del libro, también inédito, de título provisional La huella continuada. Registros para la historia de la Universidad de Guayaquil, coordinado por el propio Sánchez Gálvez.

[8] El indicado Convenio contemplaba invitar a un número determinado de profesores cubanos para que dictaran cursos en  unidades. Otro grupo de docentes del Alma Mater porteña viajara a Cuba para cumplir con las mismas actividades. Entre quienes acudieron al acto de la firma se hallaban los ingenieros Felipe Herrera Torres y Jorge Sosa Pérez, Rector y Vicerrector del Instituto, respectivamente; el Ab. Gustavo Iturralde Núñez, Vicerrector General encargado del Rectorado y la Ab. Alba Chávez de Alvarado, Vicerrectora Académica de la Universidad de Guayaquil.

[9] La reunión estuvo presidida por la Ab. Alba Chávez de Alvarado, entonces vicerrectora Académica. A ella asistieron, entre otros, la Econ. Margarita Muñoz Lozano, Directora de la indicada oficina; el Econ. Gonzalo Vizueta Maruri, Subdecano de Ciencias Económicas; el Econ. Carlos León González, Director del Instituto de Investigaciones Económicas; el Lcdo. Jack de Franc Subdecano de FACSO; el Lcdo. Cesar Béjar Bastidas, Subdecano de Filosofía y el Dr. Kleber López, por Medicina Veterinaria.

[10] Al respecto ofrecieron su testimonio ex autoridades y docentes de la facultad entre quienes se hallan Ruth Carvajal, graduada de la institución, profesora de la carrera de Bibliotecología y Archivología y Directora de la Biblioteca Central de la Universidad de Guayaquil; José Zambrano, director de la carrera de Quibio; Jacinto Calderón, ex director de la carrera de Lengua y Lingüística; Dabvid Sierra Mina, graduado de la institución; Marlon Zambrano Montero, graduada de la carrera de Bibliotecología y Archivología, y hoy docente de la misma; Wilson Romero Dávila vicedecano de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación; Juan Fernández Escobar, graduado de la institución y director de la carrera Informática y Sistemas multimedias; Fernando Chuchuca Basante, ex decano, ex jefe de carrera y docente de la carrera de Lengua y Literatura, entre otros.

[11] Testimonio de Roosevelt Barros Morales, docente, graduado de la institución. Hoy día Coordinador de Investigaciones de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación.

[12] Ibídem.

[13] Ibídem.

[14] En uno de ellos, “Historia de un Politico Excomulgado”, se relata acerca de cómo se llevó a cabo una excomunión en la ciudad de Portoviejo, en contra del obispo Pedro Schumacher, obispo conservador de Portoviejo, Ecuador. Enemigo acérrimo de Eloy Alfaro y de cuanta disposición liberal emanó de su gobierno. En el primer año de la Revolución Alfarista guio huestes contrarrevolucionarias.

[15] El Master en Ciencias Fernando Chuchuca Basante, en 2014 ejerció el cargo de Decano en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación.

[16] Ubicada al sureste de esa provincia, es esta una continuación de la Cordillera Costanera de Guayas, allí donde se establece el nudo de Gómez. Desde ahí hacia el norte se comprobó que Olina es una cordillera, objeto inicial de la investigación, a la cual se le consideraba una simple montaña. Olina prosigue hasta el norte, hasta la  Pilan, en una extensión de 58 km. Posee elevaciones de hasta 800 m.  Justo a esa altura, la observación en el terreno reveló un nuevo elemento insospechado. Desde el mismo sitio, nace una cordillera con dirección noroeste, de la cual no se tenía referencia ni nombre particular. Los estudiantes de la Universidad de Guayaquil, que participaron en el reconocimiento recomendaron denominarla Hidrovo, aludiendo al director de la misión. Su altitud alcanza hasta 700 m, después de 48 km., llega cerca de la cabecera cantonal Sucre. Lo que vagamente se mencionaba como montañas de Balzar no son tal. Forman parte de una cordillera que parte cerca de Olmedo hacia el norte con sucesión a elevaciones como: El Calvo, Visquije, Pata de pájaro, La Azucena, Alfaro, El otro “espinazo” perfectamente constituido en la cordillera Convento, parte desde Boyacá, se dirige al norte y llega al límite con Esmeraldas durante aproximadamente 100 km y con dirección paralela al mar. El descubrimiento de Hidrovo y sus estudiantes permite entender la variedad del clima, al igual que el origen de las aguas dulces y las  vertientes que se originan. También explica la existencia de cuencas, sub cuencas y mini cuencas hidrográficas. 

[17] Gazzola,  A. L. y Didriksson. Tendencias de la Educación Superior en América Latina y el Caribe. IESLAC-UNESCO. Caracas, 2008.

[18] Tunnermann, J. (2003). La universidad latinoamericana ante los retos del siglo XXI. UDUAL, 3era Época, No 68

[19] Plan Nacional del Buen Vivir: documento rector del desarrollo económico, político y social Estado ecuatoriano. Su última actualización ocurrió en el 2013, abarcaba hasta 2017.

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